sábado, 29 de marzo de 2008

¿Dónde está la Resurrección?

En tu trabajo, centro de estudios, familia, comunidad, etc...espacios cotidianos para ti. ¿Dónde reconoces la resurrección? ¿Dónde ves que algo está naciendo? ¿Dónde aprecias una esperanza que te anima a seguir en medio del día a día? ¿Hay rostros, manos, palabras, historias de vida nueva hoy?

viernes, 28 de marzo de 2008

La Piedra ya no está en su lugar...

María Magdalena fue al sepulcro muy temprano, cuando todavía estaba oscuro; y vio quitada la piedra que tapaba la entrada.

Ya son casi las cuatro de la madrugada y grupos de más de cien jóvenes se mantienen despiertos con motivo de celebrar la RESURRECIÓN. Desde su experiencia de jóvenes, ellos reviven el Triduo Pascual en todos sus momentos, con reflexión, alegría y entusiasmo. Hermanos y hermanas dominicos/as los habíamos acompañado durante la madrugada y si bien es cierto el cansancio ya se sentía conforme pasaban las horas, para ellos parecía que era aun de día. Para un grupo de hermanas esto significaba alterar su horario de sueño, de comida y oraciones y para otro grupo de laicos significaba cambiar sus costumbres o planes de vivir unos días tranquilos en casa durmiendo un poco más de la cuenta. Para estos jóvenes consistía en vivir una experiencia novedosa, diferente, celebrar la Pascua o mejor dicho vivir la Pascua. Para muchos de estos chicos y chicas significaba la experiencia de Jesús vivo y presente más allá de ritos o de esquemas habituales cada año y acompañarlo en su historia de amor que es también la propia historia marcada por las heridas, pero también por las luces. Sin embargo conforme iban pasando las horas nos dimos cuenta – en medio de los apuros – que allí también estaba nuestra historia; llena de cansancios y de alegrías; llena de lo habitual pero que siempre puede ser hecha novedad, porque el amor es siempre nuevo. Y Dios es amor.

Como María Magdalena estábamos nosotros muy temprano y a oscuras; pero experimentamos que algo se movía en nuestros corazones. Las voces de estos jóvenes removieron cosas en nuestras entrañas y sus rostros llenos de alegría y de frescura nos renovaron al amanecer. María Magdalena había ido a ver algo que ya creía conocido algo que había visto anteriormente, pero Jesús hace siempre nuevas todas las cosas. No obstante, la experiencia pascual es ese encuentro personal que empieza por el desconcierto, por la gracia inesperada, por la irrupción de algo nuevo en nuestra historia. La Pascua es la experiencia de encontrarnos fuera de lugar, de encontrarnos fuera quizás de lo que acostumbramos o mejor aún de ser encontrados y quedar trastornados en medio de la noche por la presencia viva del Resucitado. Dice Jesús Espeja que esta experiencia “es la acogida de alguien que entra en nuestro interior, rejuvenece nuestro corazón y dinamiza todas nuestras energías; esto es ser alcanzados por el Resucitado”[1] Esta es la buena noticia y Jesús es nuestra buena noticia siempre nueva.

Para muchos esto significa salir de lo cotidiano, mover algunas piedras puede resultar muy duro a veces; porque nos enseñaron que las cosas siempre pasan por el mismo trámite y siguen el mismo curso; porque los cantos siempre son los mismos, las historias el mismo final y los relatos son ya conocidos. Estos jóvenes sin embargo nos enseñaron que la Pascua siempre es algo nuevo y siempre es existencialmente algo nuevo, porque la vida es cada día un nuevo amanecer. Aceptar que Dios mueve la piedra de nuestras casas es aceptar al Dios que Resucita y nos quiere siempre nuevos; el Dios que mueve las piedras de nuestros hábitos, de nuestras comunidades, de nuestras tradiciones, de nuestras creencias, de nuestros prejuicios. Acoger la Pascua significa aprender a superar con valentía nuestros miedos y hacer lo que debemos hacer a pesar del riesgo.

Escribe Timothy Radccliffe, “la valentía puede exigirme perder algo que es verdaderamente bueno por el bien de algo que es mejor. Puede que tenga que perder mi buena reputación por el bien de hablar verazmente o mi salud por el bien de predicar el Evangelio. Pueda incluso que tenga que perder mi bien natural más preciado que es mi vida por el bien de aquello que es mejor que todo, la vida en plenitud”[2]. Esta vida en plenitud es el nuevo día al que Dios nos invita hoy. Al amanecer de una de esas noches de vigilia conversaba con una hermana dominica sobre nuevas posibilidades de predicación, de encuentros de formación, de proyectos pastorales, etc. La Experiencia Pascual nos desacomoda de nuestros lugares y nos envía.

Entonces se fue corriendo a donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, aquel a quien Jesús quería mucho

En estos días un grupo de frailes y laicos/as dominicos/as vivimos momento de celebración pascual, siguiendo algunos rituales de la tradición judía, para entender las raíces de nuestra celebración cristiana, hacer un momento de oración en común y apreciar la novedad de Jesús en su Pascua. Fue un momento lleno de fraternidad y encuentro. Algunos de nosotros veníamos de liturgias, vigilias, jornadas, etc. pero todos con el animo de encontrarnos en un momento de comunión y amistad. La celebración estuvo llena de elementos novedosos y era una experiencia nueva de vivir la Pascua. Pero también era un momento donde nos sentimos enviados a compartir con los otros (¡algunos no nos veíamos desde hace buen tiempo!), Dios nos estaba invitando a contarles a los otros nuestras experiencias y nuestras historias, algunas de nuestras piedras se habían movido y era necesario compartir ese momento. Para nosotros dominicos/as, la razón de ser de nuestra vida es vivir para contar la historia Pascual; pero no hay relato si no hay experiencia personal y esta experiencia significa abrir los ojos al otro donde la Pascua también se realiza. Brian Pierce, nos dice que “Dios quiere abrirnos los ojos para que veamos el cuerpo de Cristo en aquellos que fácilmente pasan desapercibidos…”[3]: Muchas veces en nuestras mismas casas o comunidades podemos pasar desapercibidos o hacer sentir a otros esta impresión. La predicación nace del amor que mantiene los ojos atentos y este amor nos envía a incluir a los otros en dicha experiencia de amistad.

María Magdalena fue corriendo a narrar lo sucedido a los discípulos. Nuestra vida encuentra un pleno sentido cuando somos capaces de comunicar a otros esta historia; solo asumimos intensamente algo cuando lo trasmitimos con convicción y con pasión. Siempre me he quedado maravillado de la fuerza que tienen las mujeres para transmitir aquello que creen; es fascinante la predicación de una hermana o de una laica desde la profundidad de su corazón. Este año una amiga, les dijo a los frailes del coro al final de la Misa de Vigilia Pascual “¡canten una canción alegre!”, ellos se animaron y empezaron a cantar, ella y otras muchachas y señoras se unieron a los cantos, resultado: terminamos casi en un baile. Nos fuimos muy entusiasmados; luego le pregunté por qué lo hizo y me dijo que había que cantar porque Jesús había resucitado. ¡La Pascua había llegado!

La Pascua es vivir la Vida en plenitud, la experiencia del encuentro y del envío; de la acogida y de la palabra, de la comunidad y de la predicación. El Resucitado mueve la piedra porque se niega a estar encerrado en una tumba y nos libera a nosotros de toda cárcel. La vida en plenitud es dejar que nuestras piedras rueden, que nuestras puertas se abran y nuestros ojos contemplen la vida de Dios en cada momento y en cada persona. En palabras de Timothy: “Necesitamos tener aguante para mantenernos firmes, seguir luchando, no darnos por vencidos, tener fe en la promesa que nos ha hecho el Señor de un mundo mejor”. Esto significa arriesgarse al desconcierto y luego salir corriendo y dejar nuestros planes y proyectos para mover la siguiente piedra. Todos debemos estar despiertos en la noche para apreciar la primera luz de la mañana; porque como dice el Salmo 36, “Tu Luz Señor nos hace ver la Luz”. ¿Qué piedra será movida hoy?


¡Feliz Pascua de Resurrección!
Lima, Marzo, 2008
[1] Espeja, J. “Jesucristo: La Invención del Diálogo” EVD 2001, p.225
[2] Radcliffe, T. “¿Qué sentido tiene ser cristiano? Ed. Desclee de Brouwer 2007 p. 120
[3] Pierce, B. “Caminando Juntos” Ed. Bonum, 2007 p.200